Puebla se une al rugido juglar: El primer aniversario de “El Principito”.
Por: Adriana Rockmero
Las arterias viales que conducen al Auditorio Arema Explanada Puebla comenzaron a latir con un ritmo distinto desde horas antes de la cita. No era el flujo habitual de un fin de semana; era una peregrinación internacional. A un año de haberse estrenado el álbum El Principito en tierras mexicanas, la banda española Saurom regresó para celebrar este primer aniversario, marcando apenas su segunda visita histórica a Puebla, una plaza que los ha adoptado con una devoción total.
Desde el acceso principal, la afluencia de personas era masiva y vibrante. Los pasillos se llenaron de seguidores vestidos de bufones con cascabeles y maquillajes elaborados, pero lo más destacable fue la diversidad geográfica de los asistentes. Puebla fue el núcleo que reunió no solo a la fiel fanaticada local (que superó con creces la asistencia de su primera visita), sino a viajeros de diversos estados de la República y una delegación de Costa Rica, quienes emprendieron el viaje para unirse a esta celebración única, transformando la espera en un carnaval de hermandad internacional.
Cerca de las 21:00 horas, la expectativa alcanzó su punto máximo. Aunque la banda Velikka no pudo realizar su presentación de apertura por causas ajenas a la producción, el espíritu de compañerismo prevaleció. Saurom tomó el escenario con una energía desbordante, iniciando una travesía de aproximadamente tres horas. Lejos de ignorar el contratiempo, los españoles demostraron su calidad humana al rendir un emotivo homenaje a Velikka, solicitando un aplauso del público y sumándolos más tarde a la gran fiesta final en “La Taberna”.
El repertorio de la noche fue mucho más que una presentación promocional; fue una odisea que recorrió no solo los paisajes de su más reciente álbum, sino las páginas más memorables de toda su discografía. Los asistentes viajaron en el tiempo a través de sus éxitos, encontrando un equilibrio perfecto entre la frescura de los nuevos temas y la nostalgia de aquellos himnos que han definido la carrera de los gaditanos, permitiendo que tanto los nuevos seguidores como los veteranos se sintieran parte de esta historia compartida.
Como si de un moderno Flautista de Hamelín se tratase, Saurom ejerció un magnetismo ineludible sobre la multitud. A través del silbido de las flautas, el llanto épico del violín, el galope del bajo y la batería, y el rugido de las guitarras, la voz del juglar guio a los presentes hacia un trance colectivo. Nadie pudo resistirse al llamado: la música arrastró a todos, sin distinción de origen, a fundirse en el ya legendario círculo juglar, donde el baile se convirtió en el único lenguaje posible.
Esta segunda visita a Puebla no fue solo una parada más de la gira; fue la consolidación de un proyecto que ha permitido a la banda reinterpretar el clásico de Saint-Exupéry bajo su lente única. La noche cerró con la certeza de que la música de los “Juglares de Cádiz” es el puente que une corazones desde España hasta Centroamérica, dejando en Puebla una huella imborrable que confirma que esta ciudad ya es, por derecho propio, territorio de sueños y juglaría.




