El Rock Nuestro de Todos los Dias

El Rock Nuestro de Todos los Días

Entre el victimismo, los egos y la falta de evolución, el rock mexicano necesita volver a mirar hacia adelante.

Por Nina Jarquín | Rockmex Oficial

Seamos honestos: una parte de la escena del rock mexicano parece haberse quedado estancada. Y no necesariamente por falta de talento, de herramientas o de oportunidades para darse a conocer, sino por una preocupante falta de evolución en algunos proyectos. Hay bandas que invierten más tiempo en quejarse de que los medios masivos no las toman en cuenta que en desarrollar una propuesta capaz de llamar la atención por sí misma.

Vale la pena mirar hacia atrás.

Cuando surgieron muchas de las grandes bandas que hoy están consolidadas, no existía internet como lo conocemos ahora. No había redes sociales para anunciar cada ensayo, cada presentación o cada disco. Había que picar piedra, tocar donde se pudiera, abrir conciertos de agrupaciones más conocidas y encontrar la manera de llegar a un público que, muchas veces, ni siquiera sabía que existían.

Algunas alcanzaron el éxito antes que otras. Cada una recorrió su propio camino, con sus dificultades, sus tropiezos y sus oportunidades. Pero muchas de ellas entendieron algo fundamental: para abrirse paso, había que trabajar.

En aquellos años, el rockero cargaba con estereotipos terribles. Se le asociaba con las drogas, la delincuencia, la violencia y la falta de futuro. Era necesario demostrar que detrás de una guitarra, una chamarra de cuero y una canción había personas con sueños, capacidades y mucho que aportar a la sociedad.

Y vaya que hemos avanzado.

Quienes amamos el rock mexicano no somos una masa uniforme ni vivimos al margen de la sociedad. Somos profesionistas, trabajadores, empresarios y personas que han construido carreras y negocios. Tenemos responsabilidades, familias y proyectos de vida. Sin embargo, cuando se trata de música, seguimos encontrando en el rock mexicano una parte de nuestra identidad, de nuestra historia y de nuestra forma de entender el mundo.

Por eso duele ver que, mientras tantos luchamos por mantener viva y dignificar esta escena, algunos parecen empeñados en desgastarla desde dentro.

Las bandas que picaron piedra

Las bandas que hoy disfrutan de una trayectoria consolidada no llegaron ahí por arte de magia. Muchas regalaron casetes, tocaron ante públicos reducidos, abrieron conciertos y recorrieron escenarios sin tener garantías de que algún día alcanzarían el reconocimiento.

Compusieron canciones a partir de sus propias vivencias, historias y emociones. Después, quienes las escuchábamos hicimos nuestras esas letras, porque encontramos en ellas algo que también nos pertenecía. Así se construye una conexión verdadera entre una banda y su público: con canciones que trascienden el escenario y se quedan a vivir en la memoria de la gente.

Conquistar un lugar en la escena requiere tiempo, constancia y trabajo. Y, aunque hoy algunas de esas agrupaciones ya cuentan con miles de seguidores, eso no significa que hayan dejado de esforzarse. Muchas continúan renovando sus espectáculos, mejorando sus producciones, incorporando nuevos recursos visuales y entregándose en el escenario con más energía que nunca.

La experiencia no debería convertirse en conformismo. Al contrario, tendría que ser una herramienta para seguir creciendo.

Las bandas consolidadas que entienden el valor de la escena saben que la llegada de nuevos proyectos no representa necesariamente una amenaza. Al contrario, una escena musical necesita renovación, nuevas propuestas y generaciones dispuestas a aportar algo distinto. Por eso, muchas agrupaciones con trayectoria apoyan a quienes apenas comienzan, porque saben lo difícil que puede ser abrirse camino.

El éxito ajeno no tendría por qué ser una afrenta personal. Si una banda está haciendo las cosas bien, lo lógico sería observar, aprender y encontrar inspiración para mejorar el propio trabajo.

Sin embargo, siempre existen excepciones: proyectos que, en lugar de concentrarse en su música, parecen más interesados en vigilar dónde se presentan los demás, buscar la manera de bloquear espacios o intentar sabotear oportunidades ajenas.

Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿cuánto tiempo y energía se desperdician en tratar de frenar a otros que podrían aprovecharse para impulsar la propia carrera?

Mucho ruido en redes, poca música nueva

Uno de los problemas más preocupantes de ciertos proyectos es la distancia entre lo que anuncian y lo que realmente entregan.

Las redes sociales se mantienen activas. Se anuncian discos extraordinarios, nuevas etapas, grandes sorpresas y producciones que, según las promesas, cambiarán el rumbo de sus carreras. Pasan las semanas, los meses y, en ocasiones, los años, pero los resultados nunca llegan.

Mientras tanto, algunas bandas continúan viviendo de sus éxitos anteriores, como si una canción que funcionó en el pasado fuera suficiente para sostener indefinidamente una carrera musical.

No hay nada de malo en celebrar los logros que marcaron una trayectoria. El problema aparece cuando esos logros se convierten en una excusa para dejar de crear.

El público no vive de promesas: necesita canciones, experiencias y razones para seguir creyendo en una banda.

La nostalgia puede llenar un recinto, pero la renovación es la que permite que una propuesta siga siendo relevante. Si una agrupación quiere permanecer vigente, necesita entender que el público también cambia, descubre nuevas propuestas y busca emociones diferentes.

Y si una banda no ofrece nada nuevo, no debería sorprenderse cuando la gente comienza a prestar atención a quienes sí lo hacen.

La música no se mantiene viva a través de anuncios interminables ni de publicaciones diseñadas para aparentar una actividad que no se refleja en el trabajo artístico. Se mantiene viva componiendo, ensayando, produciendo, experimentando y subiendo al escenario con algo que decir.

Las guerras anónimas del rock

A la falta de renovación se suma otro fenómeno que resulta particularmente lamentable: las cuentas falsas, las páginas de memes utilizadas para desacreditar a otros y las críticas anónimas que, bajo la apariencia de humor o entretenimiento, terminan convirtiéndose en instrumentos de ataque.

Resulta curioso observar cómo algunas páginas parecen tener siempre una excepción para su propia banda. Todos los demás son objeto de burlas, críticas y descalificaciones, pero el proyecto que está detrás de esas publicaciones, casualmente, nunca aparece entre los señalados.

Qué conveniente, ¿no?

Criticar es fácil cuando se esconde la identidad. Lo difícil es sostener una opinión dando la cara, asumir las consecuencias de las propias palabras y tener la honestidad de decirle a alguien lo que se piensa sin recurrir a terceros, cuentas ficticias o ataques disfrazados de humor.

Y hay algo todavía más contradictorio: algunas personas creen que el anonimato digital las vuelve irreconocibles, cuando sus comentarios, sus conversaciones privadas y sus propias contradicciones pueden terminar revelando mucho más de lo que imaginan.

Quienes llevamos tiempo conviviendo con la escena conocemos sus dinámicas, sus relaciones y sus historias. No todo lo que se publica en una cuenta anónima es tan anónimo para quienes conocen el entorno.

¡Qué desperdicio de energía!

En lugar de invertir ese tiempo en preparar un nuevo disco, escribir una canción memorable o diseñar un espectáculo que sorprenda al público, algunos prefieren alimentar el resentimiento y dedicar horas a vigilar lo que hacen sus colegas.

Admiro a quienes tienen el valor de expresar sus opiniones abiertamente, incluso cuando saben que podrían enfrentar críticas o una reacción negativa en las redes sociales. Eso no significa que todas sus opiniones sean correctas ni que la confrontación sea siempre la mejor salida, pero sí existe una diferencia entre sostener una postura de frente y esconderse detrás de una identidad falsa para atacar.

Hay una frase que lo resume perfectamente: «Prefiero que me lo digan de frente a enterarme de que hablan a mis espaldas».

Incluso una crítica incómoda puede abrir la puerta a una conversación, a una reflexión o a un cambio necesario. Un ataque anónimo, en cambio, rara vez construye algo más allá de la desconfianza.

Y sí, hay drama en el rock mexicano. Pero no podemos atribuirlo todo a las bandas consolidadas, muchas de las cuales ya han recorrido un camino que otras apenas comienzan. Parte de los conflictos nace de la inseguridad, la competencia mal entendida y la dificultad de aceptar que el éxito de otro no disminuye el valor propio.

La crítica no es el enemigo

Otro problema aparece cuando una banda recibe una crítica constructiva y responde como si se tratara de una agresión personal.

No todo comentario negativo es un ataque. No toda opinión incómoda nace de la envidia. Y no toda persona que señala un área de oportunidad quiere destruir una carrera.

A veces, una crítica revela algo que los propios integrantes no han querido ver. Otras veces, la opinión será equivocada, injusta o simplemente distinta. En cualquiera de los casos, la madurez consiste en evaluar lo que se dice, distinguir entre una observación útil y una provocación, y decidir qué merece ser tomado en cuenta.

Cuando una agrupación se siente amenazada por cualquier cuestionamiento, se encierra en una burbuja donde solamente acepta los aplausos. Y cuando, además, moviliza a sus seguidores para atacar a quien se atreve a expresar una opinión diferente, el problema deja de ser musical y se convierte en uno de actitud.

El público no tiene la obligación de aplaudirlo todo. Los medios tampoco tienen la obligación de elogiar cada lanzamiento. La prensa musical debe poder ejercer su criterio, reconocer los aciertos y señalar las deficiencias cuando existan.

Una escena saludable necesita periodistas capaces de opinar con independencia, músicos dispuestos a escuchar y públicos libres de elegir.

Porque una banda que solamente acepta elogios no está buscando crecer: está buscando que le confirmen lo que ya quiere creer de sí misma.

El talento necesita disciplina, no victimismo

Si algunas agrupaciones quieren salir del estancamiento, necesitan empezar por hacerse preguntas incómodas.

¿Estamos componiendo suficiente material nuevo? ¿Estamos ofreciendo algo diferente? ¿Nuestros conciertos siguen sorprendiendo? ¿Escuchamos las ideas de todos los integrantes? ¿Estamos colaborando con músicos que pueden aportar algo valioso? ¿Tenemos una estrategia para llegar a nuevas audiencias? ¿Estamos dispuestos a cambiar aquello que ya no funciona?

La respuesta no está en vigilar a la banda que consiguió una buena fecha, en cuestionar el origen de sus integrantes ni en buscar culpables por cada oportunidad perdida.

Está en trabajar.

Disciplina, enfoque, canciones nuevas, una identidad artística clara, apertura a las colaboraciones que realmente aporten y disposición para escuchar las opiniones de quienes forman parte del proyecto. Eso es lo que puede marcar la diferencia entre una banda que permanece inmóvil y otra que encuentra la manera de reinventarse.

También hace falta humildad para reconocer que una fórmula que funcionó hace diez años quizá ya no sea suficiente. Evolucionar no significa traicionar las raíces; significa encontrar nuevas maneras de expresarlas.

No todas las bandas tienen que sonar igual, seguir las mismas tendencias o perseguir el mismo tipo de éxito. Pero todas aquellas que desean crecer deberían preguntarse qué están ofreciendo que las haga distintas, relevantes y necesarias para su público.

Las oportunidades no siempre llegan por sí solas, y tampoco se distribuyen de manera perfecta. Existen desigualdades, favoritismos y barreras reales dentro de la industria musical. Negarlo sería ingenuo. Sin embargo, reconocer esos obstáculos no significa renunciar a la responsabilidad de trabajar en aquello que sí está en nuestras manos.

Quejarse puede ser comprensible. Convertir la queja en una forma de vida es otra historia.

Mientras una banda dedica su energía a sentirse víctima de la escena, otra puede estar componiendo el tema que terminará conquistando a ese mismo público.

Y cuando finalmente llega el éxito de alguien más, no es momento de preguntarse por qué a esa banda sí le ocurrió. Es momento de analizar qué hizo, qué propuso y qué podemos aprender de su experiencia sin perder nuestra propia identidad.

El rock mexicano necesita evolucionar

La escena necesita menos rivalidad destructiva y más colaboración. Menos cuentas anónimas dedicadas a desacreditar y más espacios para compartir música. Menos promesas de discos que nunca llegan y más canciones que nos recuerden por qué nos enamoramos del rock.

Necesitamos bandas que se atrevan a experimentar, a salir de su zona de confort y a escuchar a sus integrantes. Músicos que entiendan que el talento es fundamental, pero que sin disciplina, constancia y capacidad de adaptación puede quedarse en una promesa.

Necesitamos también que el éxito de una agrupación sea motivo de celebración, no una razón para cuestionar su identidad, desacreditar su trabajo o buscar la manera de hacerla tropezar.

Si una banda consigue atraer al público, merece que su propuesta sea evaluada por lo que hace musicalmente, no por el resentimiento que su éxito pueda despertar en otros.

La escena mexicana tiene historia, talento y una identidad que merece seguir creciendo. Pero ninguna historia, por gloriosa que sea, garantiza el futuro. Cada generación tiene la responsabilidad de aportar algo propio, de construir sobre lo que recibió y de dejarle algo mejor a quienes vienen detrás.

El público está esperando música nueva. Está esperando conciertos que sorprendan, letras que lo representen y propuestas que lo hagan sentir que el rock mexicano todavía tiene mucho que decir.

Y si una banda no se lo ofrece, el público tiene todo el derecho de buscarlo en otra parte.

No hay traición en descubrir música nueva. No hay deslealtad en apoyar a otra agrupación. No hay ninguna obligación de permanecer eternamente fieles a un proyecto que ha dejado de alimentar nuestra pasión por la música.

El público no le debe su permanencia a ninguna banda. Es la banda la que debe seguir encontrando razones para merecer su atención.

Al final, en el mundo del rock, algunos proyectos se consolidan, otros encuentran su lugar y otros terminan desapareciendo de la conversación. No siempre ocurre por falta de talento: a veces intervienen las circunstancias, las oportunidades y factores que escapan al control de los músicos. Pero también hay carreras que se apagan porque sus protagonistas se niegan a evolucionar, prefieren alimentar sus resentimientos y terminan convirtiéndose en víctimas de sus propias decisiones.

Si realmente quieren salir adelante, dejen de mirar constantemente hacia los lados para comprobar quién avanza y quién se queda atrás. Miren hacia dentro, cuestionen lo que hacen, recuperen la creatividad y atrévanse a construir algo que valga la pena escuchar.

No odien a quien intenta aportar algo nuevo al rock mexicano. No conviertan el éxito ajeno en una amenaza. No desperdicien su energía intentando destruir lo que otros están construyendo.

Si alguien está haciendo algo que ustedes consideran extraordinario, demuestren que también pueden hacerlo. Y si no están de acuerdo con su propuesta, creen una mejor.

Porque el rock no necesita más víctimas de sus propios egos. Necesita músicos con ideas, canciones con alma y bandas con el valor de evolucionar.

La historia no se escribe con quejas, indirectas ni cuentas falsas. Se escribe con música.

Y el rock mexicano, nuestro rock, todavía tiene mucho que decir. Pero para seguir haciendo historia, primero hay que tener el valor de dejar de vivir de ella.

Porque el rock no se defiende atacando a los demás. Se defiende haciendo música que valga la pena escuchar.

— Nina Jarquín
Rockmex Oficial | El sitio oficial del Rock Mexicano

Entradas Relacionadas

Sonidos de la Frontera

​Sonidos de la frontera: Cada Martes y el pulso del pop-punk que conquista México ​Por Adriana Rockmero Hay proyectos musicales que nacen con la urgencia

Rata Blanca

Noche de heavy metal en la Pista Ferrocarriles: Rata Blanca encendió Puebla a pesar de la espera Por: Adriana Rockmero El eco del heavy metal

+ ENTRADAS

TEX TEX

TEX TEX A mediados de los ochenta, cuando la euforia del rock en español se desato, surge en los escenarios una banda bastante peculiar: ataviados con pantalón de mezclilla deslavada, camisas de colores chillones y chaquetin muy a lo country, así como botas picudas; se dieron el nombre de Tex Tex. Tres hermanos conforman la primera alineación, Lalo, Chucho y Paco (aunque esta fue rota momentáneamente por la entrada de Pedro Martínez en la batería); la decisión de llamarse así

Seguir Leyendo »
error: ¡¡El contenido está protegido!!